Matthew Butterick parece un tipo muy normal. Viste una gorra de beisbol, gafas de pasta transparente y una cazadora deportiva de colores. A su espalda hay dos teclados y sintetizadores vintage que le dan un toque bohemio al sótano de su casa de Los Ángeles, que es también su oficina. “Tengo una colección de más de veinte”, dirá luego en videollamada con EL PAÍS. Nada en esta escena invita a pensar que Butterick es abogado. Menos aún que alguien tan alejado del clásico estereotipo del traje y la corbata tiene a gigantes como Microsoft, OpenAI y Meta conteniendo el aliento.
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